Efecto del modelo económico Chileno actual basado en el extractivismo
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Por Martín Castañeda Toral
El modelo de desarrollo económico chileno ha tocado fondo. Históricamente basado en el extractivismo —exportación masiva de materias primas sin mayor procesamiento— , este sistema enfrenta una encrucijada ineludible. Si bien esta ha sido la principal fuente y el “motor” de crecimiento económico nacional por décadas, el costo es una crisis medioambiental que ya es imposible de ignorar. Asimismo, ha transformado territorios completos en lo que hoy en día se conocen como “zonas de sacrificio”. Sin embargo, este dilema no es sencillo. Existe una tensión vital en los amplios sectores de la población que dependen directamente de estas industrias y sistema para lograr subsistir. La pregunta que surge y genera controversia global es: ¿Cómo podemos transitar hacia un modelo económico sostenible sin dejar a familias sin su sustento económico. Este desafío no es solo ecológico, es profundamente social. Es por esto que Chile debe transitar urgentemente de la extracción bruta a la sofisticación tecnológica. Evolucionar el modelo, no destruirlo. La evidencia de este agotamiento es clara.
Según el “Informe país: estado del medioambiente en Chile. Comparación 1999 - 2015” elaborado por el Centro de Análisis en Políticas Públicas del Instituto de Asuntos Públicos (INAP) de la Universidad de Chile, se está reduciendo alarmantemente los bosques nativos, avanza la desertificación y se reducen los glaciares al interior del país. Según el informe, entre 1999 y 2015, las exportaciones crecieron un 316%, pasando de 17.170 millones de dólares a 63.362 millones. Las cifras son definitivas y exponen la gran mentira de nuestro “éxito” comercial. Mientras celebrábamos que las exportaciones nacionales aumentaron un impresionante 316% entre dichos 16 años, ignorábamos a nuestra conveniencia la letra chica del contrato: estábamos financiando el crecimiento desgastando nuestro capital natural.
Según este mismo informe, la pérdida del suelo, bosques nativos, y la biodiversidad, son para la sociedad, los problemas más acuciantes que está dejando el modelo extractivista. Artífice del gran salto que ha dado Chile al acercarse a los parámetros de “país desarrollado”. Pero seamos claros: esto no es un crecimiento inteligente, es depredación pura disfrazada de desarrollo económico. Este gran salto que nos acercó a los parámetros deseados, se construyó en una base blanda, inhabilitando y siendo incapaz de lograr controlar la expansión agrícola irracional y un manejo ganadero extensivo y anticuado.
Además, acciones derivadas de este modelo (expansión de la agricultura a áreas frágiles, la deforestación, manejo ganadero extensivo, etc), generan un desequilibrio en la tendencia de la tierra y el agua, según un informe de Carolina Reyes (2016). Se puede asumir que la ineficiencia extractivista es preocupante. La falta de innovación no solamente nos impide avanzar, nos está dejando sin suelo ni base en donde pararnos. Así, junto con la sequía y la erosión, nos volvemos a nivel nacional extremadamente vulnerables al cambio climático.
Esta crisis responde a una dinámica global que la academia ha bautizado con el nombre de “exportación de la contaminación” Estudios citados por Márquez-Ortiz (2022) revelan la incómoda verdad: las economías desarrolladas logran la sostenibilidad y sus índices verdes no porque consuman menos, sino porque transportan su presión ambiental a zonas extractivas, como la nuestra. A nivel general, las potencias “agotan la capacidad ecológica” de países como Chile, importando nuestros recursos y dejándonos a cambio este pasivo ambiental. Hemos aceptado, de manera pasivamente alarmante, financiar la limpieza del primer mundo con la suciedad de nuestro territorio.
Como lo definen Zebryte y Villegas-Benavente, la evidencia de que seamos un “paraíso de contaminación” está en las cifras. A pesar de los discursos de innovación, el 51,5% de nuestras exportaciones siguen siendo productos mineros, y nuestra institucionalidad ambiental acepta de manera sistemática más del 50% de los proyectos de inversión en minería y acuicultura. Es aquí donde la falta de participación tecnológica en el modelo extractivista nos pasa la factura más cara. Al hacernos falta una industria que procese y agregue valor (sofisticación, baterías, manufacturas verdes, etc), dependemos del material y volumen en bruto para mantener nuestra economía. El agregar y sofisticar con tecnología este proceso, es la única herramienta que puede romper este mal ciclo: si procesamos nosotros mismos el litio, el cobre, etc. Con altos estándares de innovación, dejaremos de ser un depósito de materias primas baratas en bruto, y pasaremos a ser un actor estratégico que exporte valor, no naturaleza destruida.
En conclusión, el modelo extractivista chileno actual nos vendió una ilusión: limpiando el primer mundo a costa de nuestro deterioro, “satisfaciéndonos” con cifras de tendencia alcista que ocultan una factura social. Es esta lógica de que se genere una falsa dicotomía y “zonas de sacrificio”, donde se sufre la consecuencia de la cara oculta y la crueldad de este sistema. No debemos eliminar el sistema, debemos sofisticarlo tecnológicamente, dando así una nueva oportunidad económica a nivel nacional y social. Debemos financiar la inteligencia, innovar tecnológicamente y encontrar soluciones sofisticadas que incluyan un valor agregado. El futuro de Chile no se excava, se diseña.
Martín Castañeda Toral
Estudiante
Colegio Institución Teresiana
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