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¿Ha muerto el pensamiento?

Foto del escritor: ColegioPeritosdeChile
ColegioPeritosdeChile
hace 52 minutos
4 min de lectura

NUEVA COLUMNA DE OPINIÓN


Por Sandra Saralegui


pensamiento

Vivimos un tiempo extraño. Un tiempo en el que nunca habíamos tenido tanto acceso a información, y al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil dejar de pensar.


El avance de la inteligencia artificial, la automatización de decisiones y la delegación progresiva de tareas cognitivas han producido una paradoja silenciosa: cuanto más “capaces” son nuestras herramientas, más tentados estamos a dejar de ejercer nuestra propia capacidad de juicio.


En este contexto surge una pregunta inquietante, casi incómoda:


¿Ha muerto el pensamiento o simplemente ha cambiado

de forma sin que nos demos cuenta?



La ilusión contemporánea del pensamiento sin esfuerzo


El filósofo y ensayista Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio (2010), advierte que la modernidad tardía ha transformado al sujeto en un ser de rendimiento constante, donde la fatiga mental no proviene del exceso de trabajo físico, sino del exceso de estimulación y autoexigencia.


En esta lógica, pensar se vuelve una tarea secundaria. Lo importante es responder rápido, adaptarse, producir significado inmediato.


La inteligencia artificial profundiza esta tendencia: no solo acelera procesos, sino que comienza a sustituir el acto mismo de pensar.


El problema no es la tecnología en sí, sino la renuncia progresiva a la fricción cognitiva. Pensar requiere resistencia, demora, duda. Y todo eso se está volviendo incómodo en un mundo optimizado para la inmediatez.

 


La “sensación de poder”: cuando delegar se confunde con comprender


En el cuento corto “La sensación de poder”, de Isaac Asimov (1958), se describe un futuro donde los humanos han olvidado cómo realizar cálculos básicos porque las máquinas lo hacen por ellos. Sin embargo, un personaje descubre que aún puede “dibujar” soluciones matemáticas sin comprender realmente lo que está haciendo.


Lo inquietante del relato no es la pérdida de habilidad técnica, sino la ilusión de comprensión.


Esta idea se vuelve especialmente relevante hoy: la inteligencia artificial nos permite generar textos, imágenes, análisis y decisiones sin atravesar necesariamente el proceso de pensamiento que antes era imprescindible. Y aquí aparece una tensión clave:


¿Estamos pensando más porque tenemos mejores herramientas, o estamos confundiendo la producción de resultados con el acto de pensar?



Alan Watts y la trampa de la separación


Desde una mirada más filosófica, Alan Watts, en The Book: On the Taboo Against Knowing Who You Are (1966), sugiere que gran parte del sufrimiento humano proviene de una ilusión de separación: entre el individuo y el mundo, entre el observador y lo observado.


Si aplicamos esta idea al contexto actual, podríamos decir que hemos creado una nueva forma de separación: la separación entre pensar y producir pensamiento.


La inteligencia artificial produce pensamiento simulado. Pero el ser humano, al delegar cada vez más este proceso, corre el riesgo de olvidar que el pensamiento no es un producto: es un acto vivo, continuo, imperfecto.


Watts diría probablemente que estamos intentando “controlar el río” en lugar de fluir con él. Pero en ese intento de control, perdemos contacto con el acto mismo de experimentar.

 


Ciencias forenses del pensamiento: la mente como escena del hecho


Desde una perspectiva más cercana al ámbito forense y cognitivo, el pensamiento puede ser entendido como una escena activa: una construcción donde intervienen percepción, memoria, emoción y juicio.


Autores como Daniel Kahneman, en Thinking, Fast and Slow (2011), muestran que gran parte de nuestras decisiones cotidianas no son racionales en sentido estricto, sino automáticas, intuitivas y altamente influenciadas por sesgos.


La inteligencia artificial no elimina estos sesgos; en muchos casos, los amplifica al ofrecer respuestas que parecen objetivas, pero que están mediadas por datos históricos, patrones y supuestos.


En términos forenses, esto abre una pregunta crítica:


¿Qué ocurre cuando la evidencia ya no se interpreta,

sino que se acepta como resultado cerrado?


El pensamiento crítico, en este escenario, no desaparece de golpe. Se va erosionando lentamente, por delegación.

 


El riesgo invisible: la atrofia del juicio


El mayor riesgo no es que la inteligencia artificial piense por nosotros. El mayor riesgo es que dejemos de tolerar el esfuerzo que implica pensar.


El psicólogo Herbert Simon, premio Nobel y pionero de la teoría de la racionalidad limitada, ya advertía que los seres humanos no optimizan decisiones: satisfacen con lo suficiente. En ese sentido, la IA encaja perfectamente en nuestra tendencia natural a evitar la complejidad.


Pero cuando la comodidad se vuelve el criterio dominante, el juicio se debilita. Y un juicio debilitado no siempre se nota. Funciona. Responde. Decide. Pero deja de interrogar.

 


¿Ha muerto el pensamiento?


No. Pero quizás está cambiando de naturaleza.


El pensamiento humano nunca fue solo lógica. Siempre fue también duda, ambigüedad, contradicción. Lo que está en riesgo no es la capacidad de generar respuestas, sino la disposición a permanecer en la pregunta.


Podríamos decir que no se trata de “recuperar el pensamiento perdido”, sino de reconocer que el pensamiento no era una herramienta externa, sino un proceso inseparable de nuestra experiencia de estar vivos.

 


Cierre: pensar como acto de resistencia


En un mundo donde todo tiende a automatizarse, pensar empieza a adquirir un carácter casi ético.


No porque sea más eficiente, sino porque es más humano.


Quizás la verdadera pregunta no sea si la inteligencia artificial piensa mejor que nosotros, sino si nosotros todavía estamos dispuestos a pensar cuando no es estrictamente necesario.


Porque en esa pausa ... en ese momento donde no hay respuesta inmediata, es donde el pensamiento todavía respira.


Y tal vez, solo tal vez, allí no haya muerto.

 


Referencias

  • Asimov, I. (1958). The Feeling of Power.

  • Watts, A. (1966). The Book: On the Taboo Against Knowing Who You Are.

  • Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow.

  • Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio.

  • Simon, H. (1957–1978). Teoría de la racionalidad limitada.

 

  

Sandra Saralegui

Lic. en Organización Industrial

Diplomada en Psicología Laboral y Organizacional

Consultora en Desarrollo Organizacional y Gestión del Talento







Las opiniones vertidas en esta sección son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan, necesariamente, el pensamiento de nuestra institución.



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hace 9 minutos
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Excelente columna, realmente estamos en una etapa de evolución, dónde cada vez se es menos analítico, donde dejamos que los demás decidan sin involucrarnos en el pensamiento, es una época de oscurantismo digital.

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